Francisco Muñoz Lorenzo - página personal     Ir a inicio

Crimen de Almería, 1876

Motín del Liberto – Asesinato del capitán Agramunt – Ejecución de los culpables

Bergantín-goleta

El Motín

En la noche del 26 al 27 de diciembre de 1876, el bergantín goleta español Liberto navegaba en alta mar, en aguas de Almería, al mando de su capitán D. José Agramunt y Figueroa, con cinco tripulantes, a saber, el contramaestre Diego Rodríguez Sambade, y los cuatro marineros Domingo Luzárraga Araquistain, Teodoro Pidal Oliver, Manuel Otero Vigo y Florencio Mieites.

Dichos cuatro tripulantes, por iniciativa de Domingo Luzárraga, resolvieron asesinar al capitán mientras dormía, con ánimo, al parecer, de apoderarse del buque y del cargamento, cuyo criminal acuerdo adoptaron hallándose los cuatro reunidos en el rancho de proa, y el contramaestre Diego Rodríguez Sambade al timón, encargado de la conducción de la nave. En estos mismos momentos el capitán Agramunt dormía en su camarote, rendido por la fatiga y el trabajo que le ocasionara un día entero de tiempo tempestuoso.

Los conjurados resolvieron dar conocimiento de su criminal proyecto al contramaestre Rodríguez, sin cuya aquiescencia creían aventurada su ejecución. Así lo hicieron, acercándose los cuatro a aquel, quien luego que se hubo enterado de tan criminal proyecto, asintió a él, recomendando a los predichos marineros que cuidaran de rematar bien al capitán, porque si le dejaban con vida, él solo los mataría a todos, porque era hombre de mucha braveza.

Inmediatamente bajaron a la cámara del capitán, Domingo Luzárraga armado con el revólver de aquel, que mañosamente había sustraído; y acompañándole Teodoro Pidal y Manuel Otero, mientras que Florencio Mieites quedó a la puerta de la cámara provisto de un hacha, como en expectativa por lo que pudiera ocurrir.

Ya dentro de aquel reducido recinto, al contemplar cómo el capitán Agramunt dormía tranquilamente, Teodoro  Pidal y Manuel Otero temblaron ante la enormidad del crimen que iban a cometer; sintieron un profundo remordimiento y hasta intentaron retroceder, pero Domingo Luzárraga les increpó por lo que llamaba su cobardía, y les obligó a perseverar en su atroz empresa.

Desvanecidos aquellos recelos, se acercaron al lecho donde dormía el capitán Agramunt, y Domingo Luzárraga le hizo dos disparos consecutivos de revólver, cuyos proyectiles inpactaron en la  cabeza de la víctima. Esta reaccionó instantáneamente, y a pesar del gravísimo estado en que se encontraba, y de hallarse con los ojos cubiertos de sangre, se arrojó precipitadamente del lecho, y armado de un espeque corrió tras los asesinos, que subieron corriendo por la escalera de la cámara a la cubierta del barco.

El capitán Agramunt subió en pos de ellos, pero al asomar la cabeza al alcázar, Florencio Mieites descargó sobre aquel infeliz un hachazo que, dándole en la espalda, le hizo rodar escalera abajo dentro del camarote.

Simultáneamente Luzárraga, que se había ya colocado en la salida de la escotilla, disparó de nuevo el revólver sobre Agramunt, pero el proyectil lanzado fue a herir mortalmente a su compañero Mieites, que prorrumpió en gritos desesperados, y arrastrándose por la cubierta fue a refugiarse en la camarilla de proa.

En aquellos mismos instantes, repuesto Agramunt del golpe recibido, volvió a subir al alcázar, y armado de un remo o un espeque, arremetió contra los tripulantes, de quienes recibió un nuevo disparo de revólver, cuyo proyectil le hirió en la boca, y algunos otros golpes de palos y objetos que aquellos le tiraban. Pero al cabo de tan ruda y desigual refriega, logró acorralar a los tripulantes y encerrarles en la camarilla de proa, cuya puerta o cuartel clavó con el auxilio de Luzárraga, que ya en última instancia se puso de parte del capitán, sometiéndose a su obediencia.

El contramaestre Diego Rodríguez, durante la lucha, y cuando sus compañeros ya iban en retirada, se encaramó a la cofa del palo mayor; y después de haber encerrado el capitán a los marineros, hizo bajar al contramaestre, a quien ordenó ocuparse del timón, y puso rumbo al puerto de Almería.

Florencio Mieites sucumbió en la camarilla de proa, donde estaba con sus otros compañeros vivos, y en una agonía horrible, pues ni aun agua pudieron darle en aquellos tremendos instantes.

 

Arribada a Almería y muerte del capitán

El bergantín tocó puerto a las doce horas de ocurrir el suceso, y el capitán Agramunt hizo entrega de los amotinados y del cadáver de Mieites.

El Capitán fue ingresado en el Hospital de Santa María Magdalena, donde murió el día 5 de enero de 1877, debido a las terribles heridas que recibió.

Don José Agramunt y Figueroa era natural de Corcubión (La Coruña), nacido el 24 de febrero de 1833.

Instruida la correspondiente causa por la jurisdicción de Marina, fue despachada con la mayor brevedad por el fiscal instructor de la Comandancia, y remitida al Capitán General del Departamento de Cádiz, para la celebración del oportuno consejo de guerra, pidiendo contra los cuatro delincuentes la pena de muerte colgados de una entena, como autores de un acto que las ordenanzas militares de la Armada calificaban de piratería.

 

El proceso en Cádiz

Los amotinados fueron conducidos a Cádiz y recluidos en la prisión del Arsenal de la Carraca, donde permanecieron hasta la conclusión de la causa. En esta situación, el contramaestre Diego Rodríguez Sambado fallecería de muerte natural.

El consejo de guerra tuvo lugar en San Fernando, y el 28 de enero de 1878 se dictó sentencia, condenando a Luzárraga, Pidal y Otero, a la pena de cadena perpetua a los dos primeros, y 14 años y un día de cadena temporal al último.

Elevado el proceso al Consejo Supremo de Guerra y Marina, este revocó dicha sentencia, y el 9 de septiembre de 1878 impuso a los tres referidos procesados la pena de muerte en garrote vil, y sobreseyendo respecto al otro reo, Diego Rodríguez, porque falleció durante la tramitación de la causa.

La poca edad de los reos, el tiempo transcurrido desde la comisión del delito, y la circunstancia de ser naturales de las provincias del Norte, careciendo por esto de familias que se interesasen por ellos, varias corporaciones de Cádiz y San Fernando emplearon toda su influencia para pedir el indulto y evitar, si fuese posible, el triste espectáculo de la ejecución, ya que, conociendo que se había hecho una consulta a Madrid sobre el modo de cumplir la sentencia, se abrigaba la esperanza de que hubiera tiempo para implorar aquella gracia.

La respuesta fue tajante: había de ejecutarse la sentencia. El Capitán General del Departamento Marítimo resolvió que la aplicación de la pena de garrote, impuesta a esos criminales, se verificase en Almería, punto de la comisión del delito, y no en la capital del distrito, como se esperaba que decidiera dicha autoridad.

 

Los condenados vuelven a Almería

Los reos fueron embarcados en el vapor de guerra Liniers, con rumbo al puerto de Almería, donde arribó a las diez y media de la noche del jueves, 17 de octubre de 1878.

Inmediatamente después de fondear el barco, saltó a tierra un oficial de su dotación, entregando la documentación correspondiente al Sr. Comandante del puerto, con quien se reunió, pasando a las 12 de la noche a conferenciar con el Sr. Gobernador Militar de la provincia, quien dispuso que un piquete de carabineros marchase al muelle para encargarse de los reos y conducirlos a la cárcel. A las dos de la madrugada estos fueron desembarcados y trasladados a la cárcel, en la que quedaron en sus respectivos calabozos con las seguridades convenientes, habiéndose reforzado la guardia del establecimiento con seis hombres más de su dotación ordinaria.

Apenas trajo el vapor Liniers a los reos, para que en Almería fuesen ejecutados, cuando el sentimiento público se pronunció de una manera increíble; y por todos, corporaciones y autoridades, se hicieron repetidas instancias para conseguir el indulto de esos desgraciados; pero entretanto que esas peticiones se resolvían, mientras tanto que se agotaban tan generosos esfuerzos, era de ver cómo se pintaba la ansiedad en todos los semblantes, cómo se comentaban, cómo se exageraban las más insignificantes noticias acerca del suplicado perdón, que al fin fue definitivamente denegado.

Durante la semana que los reos permanecieron en la cárcel de Almería, gran número de personas fueron a visitarles, a las cuales solicitaban inútilmente que intercediesen para que se les permitiera estar en el patio con los demás presos.

Los reos fueron descritos por algún visitante como “muy jóvenes”; Domingo Luzárraga “tiene un carácter vivo”, Teodoro Pidal “tiene un carácter díscolo”, Manuel Otero “tiene una fisonomía simpática”.

Otero pronunció las siguientes palabras al ser encerrado con sus compañeros en el calabozo: En Almería hicimos nuestra calaverada, y a mí me parece que venimos a pagarla al mismo sitio.

Se esperaba la llegada del verdugo para el miércoles, día 23 de octubre. En todas partes la gente comentaba al respecto con claras muestras de disgusto y repulsión, motivándose una orden de la Audiencia Territorial de Granada, a fin de que saliera alguna fuerza del Ejército o de la Guardia Civil, de guarnición en Almería, a recibir a alguna distancia de la misma, al ejecutor de la justicia.

Se había previsto que el patíbulo se levantara en la punta del muelle, pero merced a las gestiones de varios respetables comerciantes de Almería, se consiguió que se cambiara la designación del lugar de las ejecuciones. Este acto terrible ya no tendría efecto en lugar tan frecuentado, como estaba dispuesto; el patíbulo se construyó y levantó en el paraje conocido por Tiro del Blanco, detrás de la Fábrica del Gas.

 

En capilla

A las ocho de la mañana del jueves, 24 de octubre de 1878, fueron puestos en capilla los tres reos condenados a la pena de muerte, leyéndoseles previamente la sentencia por el señor Secretario de la Comandancia de Marina. Los desgraciados escucharon el terrible fallo con el mayor dolor y desconsuelo, dando grandes alaridos y conmoviendo profundamente a cuantas personas presenciaron tan desgarradora escena. Muchos lloraban, y en el semblante de todos los asistentes se pintaba la amargura. Uno de los infelices reos, Manuel Otero, perdió el conocimiento y fue necesario administrarle una bebida para que volviese en sí.

El Sr. Rodríguez Frías, capellán de la cárcel, se encontró solo en tan terrible trance para consolar, acompañar y fortalecer el decaído espíritu de los reos. El Sr. Rodríguez Frías, derramando abundantes lágrimas y abrazado a aquellos desdichados les dirigía ardientes frases de consuelo, y admiró con su conducta y con su ejemplo a todos los presentes.

A los 15 minutos de hallarse los reos en la capilla, se presentó el señor Obispo, acompañado de otro eclesiástico, y ya pudo el Sr. Rodríguez Frías retirarse unos instantes y reponerse de las terribles sensaciones que debió experimentar.

El prelado llevó con su palabra algún consuelo al ánimo de los reos, los cuales arrodillados imploraban el indulto.

Las humanitarias asociaciones de la Cruz Roja y de los Caballeros Hospitalarios se hallaban también allí, representadas por la mayoría de sus individuos, y su presidente, D. Miguel Ruiz de Villanueva, dispuso que nada faltase de cuanto los reos pudieran necesitar en las 24 horas que quedaban para la conclusión del fatal drama.

Poco a poco los reos fueron entrando en calma, escuchando con unción y recogimiento las exhortaciones de los sacerdotes, señores Bedmar, Mesas, Terriza y Rodríguez, que los acompañaban. Los Hermanos Hospitalarios contribuyeron con sus servicios al consuelo de los reos, a quienes recomendaban resignación cristiana para sobrellevar tan terrible situación.

Las Hijas de San Vicente de Paul habían mandado al alcaide de la cárcel, tres escapularios para los reos. Uno de ellos, Otero, escribió al dorso del escapulario las siguientes palabras: Manuel Otero a mis queridos padre y madre como último recuerdo.

Entre las personas reunidas en la capilla había un hombre de mar, y tan pronto como lo vio el infeliz Otero, le llamó y le dijo: Yo también he sido marinero como tú. Si alguna vez te encuentras con algún asturiano, dile mi desgracia; y tú aprende en mí y cuida de ser siempre fiel y honrado. Lágrimas de sincero dolor asomaron a los ojos del marinero, que salió de la capilla profundamente afectado.

Teodoro Pidal y Domingo Luzárraga escribieron cartas a sus padres, recomendándoles rogasen a Dios por sus almas.

Los tres confesaron con el mayor recogimiento.

Durante las horas de la madrugada se apoderó de los tres desgraciados una excitación nerviosa que dio origen a escenas indescriptibles. Momentos antes de la ejecución, recibieron la Sagrada Comunión, que les fue administrada por el señor Obispo.

 

La ejecución

En la puerta de la cárcel se hallaba dispuesto, para conducir a los reos hacia el patíbulo, un carro que servía para llevar al cementerio a los muertos sin recursos, pues nadie quiso alquilar un vehículo para prestar este servicio.

A las ocho de la mañana del viernes, 25 de octubre de 1878, salieron de la cárcel los reos. Los desdichados subieron al carro, ayudados por varios sacerdotes y caballeros hospitalarios, instalándose también en el mismo vehículo los señores eclesiásticos.

Un clamor lastimero resonó ante la aparición de los reos, clamor que no cesó, sino que fue creciendo durante todo el trayecto que mediaba entre la cárcel y el patíbulo.

Los tres infelices, serenos y ya resignados, escuchaban con atención las exhortaciones de los sacerdotes, y aun Teodoro Pidal, que contaba 18 años de edad, sonreía al contemplar las oleadas de la multitud y oír los gritos de las mujeres que seguían en tropel al fúnebre vehículo.

Llegados al sitio donde se alzaba el cadalso, salió el primero Domingo Luzárraga y, despidiéndose de los que le rodeaban, se sentó en el banquillo, y el verdugo ejerció en él su triste ministerio.

A continuación llegó el turno de Teodoro Pidal, quien tuvo tiempo de preguntar a su compañero Manuel Otero: Manuel, ¿me perdonas? A lo que este respondió: No; no te perdono, pues por ti me veo aquí".

El último en ser ejecutado fue quien, según el proceso, había tenido menor participación en la comisión del crimen, Manuel Otero, que hasta su postrer momento abrigó la esperanza de que no se le privaría de la existencia, así es que se resistió algo a sentarse en el fatal banquillo y a dejarse colocar la argolla, pero al fin, como los dos anteriores, rindió su alma al Creador, quedando cumplido el terrible fallo de la justicia humana, a las nueve y cuarto de la mañana.

Domingo Luzárraga Araquistain, Manuel Otero Vigo y Teodoro Pidal Oliver, tenían 21, 19 y 18 años, respectivamente.

Hallándose el verdugo desatando las ligaduras de los reos, rodeado por varias personas entre las cuales se hallaban varios médicos y algunos guardias civiles, se desplomó parte del tablado, en el sitio en que se encontraba el banquillo del infeliz Otero, cayendo este al suelo y sufriendo el verdugo una contusión en una pierna.

Los cadáveres quedaron expuestos al público en el cadalso hasta las cuatro y media de la tarde, hora en la que acudió a recogerlos una comisión de los Caballeros Hospitalarios y de la Cruz Roja.

Los ataúdes fueron seguidos hasta el cementerio por una compungida multitud, dando muestras, unos de dolor, y otros de indignación por aquello que la mayoría de los almerienses consideraba una bárbara aplicación de la Justicia y una afrenta para su ciudad.

Este triste acontecimiento causó un verdadero pesar en todas las clases de una sociedad compasiva y civilizada, que en treinta y tres años no había presenciado tan terrorífico espectáculo, desde la ejecución de Cuartelero, que tuvo lugar en 1845.

Desde las dos de la madrugada del viernes, no cesó el movimiento y la circulación de carruajes, en los que marchaban a las haciendas, cortijos y pueblos inmediatos, la gran mayoría de las familias pudientes de la ciudad. En esta permanecieron cerradas todas las tiendas, hasta las de comestibles y las boticas. Sólo los estancos estuvieron abiertos. Los cafés entornaron sus puertas, no se permitió el juego de billar, y el Casino de la plaza de Santo Domingo interrumpió las funciones de canto y baile que allí se efectuaban todas las noches. El aspecto de la ciudad era imponente y severo. De una población de 40.000 almas, sólo unas 3.000 habría al pie del patíbulo.

Durante el acto de la ejecución se robaron siete relojes, y a una mujer le quitaron del bolsillo dos duros que tenía en él. Uno de los rateros fue aprehendido y llevado al cuartel de la Guardia Civil.

La prensa no se publicó aquel día, como prueba del profundo sentimiento que embargaba a la población de Almería.

Varias personas caritativas se encargaron de localizar a las madres y familias de los tres ajusticiados, y remitirles la suma que se recaudó con objeto de decirles misas, en vista de que el clero se encargó de ese deber religioso, sin retribución alguna.

 

El verdugo

El ejecutor de la justicia había cumplido ya su triste ministerio en 73 reos de muerte. Con los que aquel día sufrieron esa pena, alcanzó la macabra suma de 76 ajusticiados.

El verdugo abandonó la ciudad a las 4 de la madrugada del sábado, siendo escoltado por dos parejas de la Guardia Civil.

En su viaje de regreso a Granada, el siniestro personaje se introdujo en un ventorrillo próximo a Gádor, donde almorzó en abundancia; por cierto, que al enterarse el dueño de la categoría del parroquiano, rechazó el importe del almuerzo, y arrojó a la carretera platos, cubierto, vaso y servilleta, como si las hubiese tocado un apestado.

Al llegar a Granada, el verdugo presentó una queja ante la Audiencia del Territorio, por el mal trato que dijo haber recibido durante su permanencia en Almería, asegurando que no le quisieron dar de comer. Lo que realmente ocurrió fue que, al ofrecérsele que se alimentase de la comida de los tres reos, la rechazó, alegando que podía estar envenenada, haciéndose traer entonces unos arenques y huevos, que fue con lo que sostuvo sus fuerzas el expresado funcionario.

 

In memoriam

El mismo día de la ejecución, el señor Ministro de Marina, deseando honrar la memoria del valiente capitán Agramunt, publicó la siguiente circular:

MINISTERIO DE MARINA (Circular)

Un crimen inaudito de sedición, asesinato y homicidio, como lo han calificado Los tribunales, que por la odiosa alevosía y demás horribles circunstancias que concurrieron en él, así como por su triste desenlace, acaso no tenga precedente en los anales marítimos, se perpetró hace ya algunos meses a bordo del bergantín mercante nacional Liberto.

Navegaba este buque desde Torrevieja con cargamento de sal para uno de nuestros puertos del Cantábrico, al mando de su capitán D. José Agramunt y Figueroa, cuando en la noche del 26 de Diciembre de 1876, hallándose entre Cabo de Gata y Roquetas, el marinero de su tripulación Domingo Luzárraga Araquistain concibió el criminal proyecto de sublevarse y dar muerte al capitán bajo el frívolo pretexto de que les escatimaba la galleta; y comunicando desde luego este criminal intento a sus compañeros, los cuatro marineros que completaban el resto de la tripulación, Teodoro Pidal Oliver, Manuel Otero Vigo, Diego Rodríguez gambado y Florencio Mieites, ninguno de ellos le contradijo, ni vaciló, ni menos se opuso a tan horrendo atentado.

El mismo Luzárraga se encargó de la ejecución; y aprovechando la circunstancia de hallarse durmiendo en su cámara el capitán, bajó a ella, se apodera de un revólver que había sobre la mesa; y subiendo a la cubierta con esta arma, llama a sus cómplices, vuelve a bajar con Pidal, Otero y Mieites, de los que el último se sitúa fuera de la puerta de la cámara con un hacha en la mano, y Luzárraga entra y dispara alevosamente dos tiros contra el capitán Agramunt, que le hieren gravemente en la cabeza. Lejos este de intimidarse con tan bárbaro como inesperado ataque, se incorpora inmediatamente; va a echar mano de su revólver, y al ver que no estaba donde lo había dejado al acostare, sale de su litera sin arma alguna en persecución de los infames agresores: Florencio Mieites, al pasar por la puerta de la cámara en donde le aguardaba en acecho, le da un golpe con el hacha en la espalda, el que sin causarle herida lo derriba al suelo, librándole esta circunstancia de otro disparo que desde la escotilla de subida le dirigían en aquel momento, y que va a lesionar gravemente al mismo Mieites.

Nada intimida al bizarro capitán Agramunt; llega a cubierta ensangrentado, acomete a los sublevados con un remo que coge al paso; en la refriega vuelve a ser herido en el labio, de otro disparo de revólver; y acorralados y obligados a refugiarse en el rancho de proa Pidal, Otero, y Mieites, consigue a fuerza de valor y arrojo reducir a la obediencia a Luzarraga, así como a Rodríguez, que se había escondido en la cofa; clava la puerta del rancho con ayuda del primero, y dirige el buque al inmediato puerto de Almería con auxilio de ambos, al que llega en esta horrible situación el día 27, y se comienza a instruir la causa inmediatamente.

Abierto el rancho de proa, se encontró cadáver a Florencio Mieites de resultas de la herida recibida a la puerta de la cámara, cuando tiró el hachazo al Capitán; algunos días después, el 5 de Enero de 1877, falleció también este a consecuencia de las heridas de la cabeza, por necesidad mortales; y durante la sustanciación de la causa en plenario, falleció de muerte natural Diego Rodríguez Sambado.

Los tres restantes procesados son al fin declarados autores convictos y virtualmente confesos del delito de sedición con asesinato y homicidio, a tenor de lo definido en el art. 13 del Código, con la concurrencia de las circunstancias agravantes 8, 9 y 20 del art. 10, o sea, empleando medios que debilitaban la defensa, y con ofensa del respeto debido a su jefe; y en su consecuencia, después de desaprobar la sentencia dictada por el Consejo de guerra que tuvo lugar en San Fernando el día 28 de Enero último, por la que se condenaba a Luzárraga, Pidal y Otero, a la pena de cadena perpetua a los dos primeros, y 14  años y un día de cadena temporal al último, el Consejo Supremo de Guerra y Marina, en 9 de Setiembre último condena a los tres expresados marineros que fueron del bergantín Liberto, a la  pena de muerte por la sublevación que verificaron a bordo, asesinato del Capitán y demás hechos de autos, de conformidad con lo que preceptúa el artículo 18, título 14 de las Ordenanzas de matrículas; y por vía de indemnización por iguales partes, al abono de 5.000 pesetas a la madre del valiente capitán D. José Agramunt y Figueroa, y al de los perjuicios ocasionados a los dueños del buque, sobreseyéndose respecto al marinero Diego Rodríguez Sambado por haber fallecido.

La sentencia acaba de ejecutarse en Almería, en cuyas aguas se perpetró el delito. Los reos lo han expiado en el patíbulo, arrepentidos y contritos. ¡A ese horroroso abismo conduce un momento de extravío! La catástrofe, que empezó en la noche del 23 de Diciembre de 1876 ha terminado el 25 de Octubre de 1878, envolviendo a toda la tripulación del Liberto, que ha desaparecido.

La vindicta pública, la subordinación y disciplina, que lo mismo en los buques de guerra que en los mercantes, no pueden quebrantarse impunemente, han quedado satisfechas. ¡Que el triste ejemplo de los reos del Liberto sirva para que nuestra honrada marina mercante no vuelva a registrar en sus anales un hecho tan horrendo! ¡Y que el bravo cuanto infortunado capitán Agramunt sirva siempre de modelo para sostener el principio de autoridad y disciplina aun a costa de la vida!

De Real orden lo digo a V.E. siendo la voluntad de S. M. que se circule a las provincias marítimas para que se publique en los Boletines Oficiales y se fije en todas las Capitanías de los puertos; y por último, que se lea en todos los buques de guerra el primer día festivo después de la misa y de la lectura de las leyes penales. Dios guarde a V.E. muchos años.

Madrid 25 de Octubre de 1878.

 

Poco después, atendiendo a una solicitud del Ministerio de Marina, se reunieron los navieros y consignatarios de Barcelona (Revista Marítima, 31 de diciembre de 1878), acordando perpetuar la memoria del malogrado capitán Agramunt, dándole su nombre a un bergantín de aquella matrícula, antes llamado San Salvador y Virgen de los Dolores (Enrique García Domingo), propiedad de D. Esteban Amengual, quien se ofreció espontáneamente a ello.

 

Fuentes

Publicaciones en 1877 y 1878 de:

El Comercio (Cádiz)

El Globo (Madrid)

El Imparcial (Madrid)

La Crónica Meridional (Almería)

La Época (Madrid)

La Iberia (Madrid)

Revista Marítima (Barcelona)

Registro Civil de Almería.

Archivo Histórico Diocesano de Santiago de Compostela.

 

Francisco Muñoz Lorenzo. Adra-Hospitalet, noviembre-2015.